La Hermandad

Casi todos los pueblos de esta venturosa y privilegiada región que rodea a Sevilla, se han mostrado siempre entusiastas, y jamás han faltado a sus veneradas tradiciones, cuando se ha tratado de honrar y enaltecer a María Santísima, y de hacer ver al mundo sus gracias y gloriosas prerrogativas. Innumerables son los testimonios que podía aducirse en confirmación de esta verdad; ¿ pero a que fin demostrar lo que haya tan profundamente arraigado en la conciencia de todos, como lo acreditan los hechos, y nadie sin incurrir en nota de temerario se atrevía a negar?

Rindamos, pues, un tributo de admiración a esa Virgen excelsa, por su incomparable dignidad de Madre de Dios, a que fue elevada precisamente, cuando se obro en Ella el Augusto Misterio de la Encarnación del Verbo Divino en sus purísimas entrañas, por el que vino.

A ser nuestro remedio, nuestro amparo y nuestro consuelo; Y alegrándonos de poder contribuir, siquiera sea con nuestras débiles fuerzas, a su mayor gloria y engrandecimiento nuestro amor, gratitud y fervorosa y constante admiración.

Ahora bien, entre las muchas Sagradas Imágenes que la representan, bajo él titula tan expresivo y misterioso de la Encarnación, una de la más celebre de ésta se venera desde tiempo inmemorial en el Santuario Próximo a la Villa de GERENA, como tres cuarto de legua de la población, Está de pié, leyendo en el libro las Profecías, que sostiene con sus manos, y aparece con la majestad de aquella mujer del Sol, cuyas plantas descansaban sobre la Luna y su cabeza estaba coronada de diadema de resplandores y estrellas.

Acerca de su origen, refiere una constante y jamás interrumpida tradición, derivada de padres a hijos a través de los tiempos que fue hallada en el Arrollo de los Molinos, termino de división de esta villa con la de Guillena, entre los riscos formados por enormes peñas, en la que se ven los torrentes de las aguas, como brotar de sus concavidades. Allí, en medio de una rica y vigorosa vegetación, entre innumerables quebraduras de las mas caprichosas formas, siguen aquellas su curso, ya presentándose a manera de un bello arroyuelo, que baña a los arbustos y flores que nacen en sus orillas, ya como un torrente impetuoso cuya rápida corriente hace blanquísimas espumas, y constituye grandes depósitos de agua.